El que enseña sin heredar
Durante casi toda nuestra historia, lo que aprendíamos venía de alguien que iba a envejecer, equivocarse y vivir las consecuencias. Ese vínculo se está rompiendo, y todavía no tiene nombre.
Creo que estamos viviendo una modificación profunda de nuestra herencia cultural. Llevamos ya algunos años dentro de ella, aunque todavía nos cuesta verla.
Que las máquinas escriban poemas es lo visible. Lo que me interesa está debajo: cómo aprendemos.
Hace unos meses, consolando a Luca, mi nieto, después de una caída, me oí decir una frase que no había pronunciado en cuarenta años. Era de mi padre. Salió intacta, sin que yo la buscara.
Tardé algún tiempo en darme cuenta de que aquellos cuatro segundos contenían casi todo el argumento. Un hombre que ya no está le habló a un niño que no lo conoció, usando mi boca. Nadie archivó aquella frase ni intentó enseñármela. Se quedó dentro de mí durante cuarenta años y salió sola cuando hizo falta.
Piensa ahora en tres cosas que das por ciertas y que no has comprobado nunca. Cómo se trata a un invitado que llega sin avisar. Qué se hace con el dinero que te prestan. A qué edad se supone que uno deja de llorar delante de los demás.
No razonaste ninguna de las tres. Te llegaron, y te llegaron de alguien que estaba lo bastante cerca como para que tú pudieras ver si le funcionaban o no.
Esa cercanía sostiene el ensayo entero. Sigue intacta cuando un niño aprende a hablar, pero empieza a desaparecer en muchas de las decisiones que tomamos como adultos.
El juego del teléfono
Todo lo que se transmite se deforma. Uno cuenta algo al oído, la historia da la vuelta al círculo y llega irreconocible. Lo has jugado. Lo ha jugado todo el mundo.
Está medido con precisión incómoda. En experimentos de arqueología evolutiva, personas que intentan copiar exactamente el tamaño de una pieza fallan sin percibirlo, porque por debajo de un tres por ciento de diferencia el ojo humano no distingue dos longitudes. Con errores de entre uno y tres por cada cien transmisiones, cincuenta generaciones después aparecen dos tradiciones distintas sin que nadie haya decidido nada.
Esa deformación es el punto de partida. A mí me interesa otra cuestión: de dónde venía aquello que se transmitía.
Las tres vías
En 1981, Cavalli-Sforza y Feldman formalizaron las tres maneras en que un ser humano recibe cultura. Transmisión vertical, de padres a hijos. Horizontal, entre iguales de la misma generación. Oblicua, de adultos no parentales a los jóvenes: el maestro, el cura, el jefe, el vecino que sabe injertar.
En sociedades donde esto se ha medido sobre el terreno, el peso de la vertical es abrumador. Entre los pigmeos aka, la transmisión de habilidades de padres a hijos ronda el ochenta por ciento.
Sus modelos mostraban además un matiz importante: cuando la vertical domina, las culturas se vuelven estables y lentas. La horizontal es lo que las acelera. Ninguna de las dos es mejor. Son ritmos distintos.
Durante la mayor parte de nuestra historia, esas tres vías describieron casi toda la transmisión cultural.
El filtro que nadie nombró
Las tres tienen algo en común, y era tan evidente que nunca se subrayó: el que enseñaba vivía dentro del mismo mundo donde caía su enseñanza.
Tu padre te decía qué setas se comen. Si se equivocaba, se equivocaba contigo delante. El maestro, el líder o el jefe permanecían dentro de una comunidad que podía observarlos, discutirlos y, algunas veces, apartarlos. No siempre sucedía, pero la posibilidad existía.
Vuelvo a la frase de mi padre, porque ahí está el mecanismo. Él nunca supo que aquellas palabras iban a llegar tan lejos, y tampoco pudo elegir qué otras cosas suyas me llegaron. Así funcionaba: el que enseñaba no decidía lo que transmitía, y cargaba con el resultado igual, para bien y para mal.
Hay otra escena de la misma casa. Un día me pidió que mirara el segundero de un reloj, y cuando estuvo seguro de que yo estaba atento me dijo que el tiempo perdido es vida perdida. Aquellos segundos se fueron hace medio siglo. La frase sigue aquí, y ahora sale por mi boca delante de un niño.
Durante mucho tiempo pensé que lo que unía las dos escenas era el cariño. Ahora veo también algo distinto: la posición que ocupaba quien enseñaba. Estaba dentro. Vivía donde caían sus enseñanzas, y lo que hacía mal se pagaba en la misma casa donde lo hacía.
Sospecho que una parte de la ética humana sobrevivió por una razón poco noble: quien la enseñaba estaba expuesto a sus resultados. Las normas que arruinaban a quienes las sostenían tendían a irse con ellos.
Ese filtro tampoco era justo ni especialmente eficaz. Podía tardar generaciones en corregir un error y conservó atrocidades durante siglos. Lo único que hacía, y no es poco, era devolver información a quien enseñaba.
La cuarta vía
En un libro que terminé hace unos meses dejé escrita una pregunta: si durante toda nuestra historia hemos construido la inteligencia aprendiendo unos de otros, qué ocurrirá cuando empecemos a aprender de inteligencias que no son humanas. La dejé abierta. Este ensayo nació porque la pregunta siguió conmigo.
Hoy una parte creciente de lo que aprende un adulto no viene de sus padres, ni de sus iguales, ni de los mayores de su comunidad. Viene de sistemas.
Necesitaba un nombre para poder seguir pensando en ello. He decidido llamarlo transmisión extralineal.
Transmisión extralineal: aquella en la que el emisor se encuentra fuera del linaje humano que recibe la enseñanza. No define su tecnología, su naturaleza ni el medio utilizado. Define únicamente su posición respecto a la cadena de transmisión.
No es una categoría de Cavalli-Sforza. Es una propuesta nacida de la nueva posición que ocupa el emisor.
Los tres modos clásicos describen posiciones dentro del plano de las generaciones. La vertical lo cruza hacia abajo, la horizontal se mueve dentro de él, la oblicua lo atraviesa en diagonal. Los tres dan por supuesto que el emisor está en el plano.
El cuarto emisor ocupa otra posición. No tiene descendientes que reciban sus aciertos y sus errores, no envejece dentro de una comunidad y no experimenta aquello que recomienda. Puede enseñar, pero no puede vivir lo enseñado.
Cada día recibimos más instrucciones de un emisor que nunca vivirá aquello que enseña.
La redundancia que perdemos
Mientras buscaba ejemplos descubrí algo que al principio se me había escapado.
Las tres vías clásicas se cubren unas a otras. Cuando una familia no transmite lo que debería, entra la oblicua a tapar el hueco: la casa de unos amigos donde uno va a mirar sin saber que está mirando, una familia política con una manera de cuidar a los mayores que nadie explica y que acaba llegando a tus hijos, un jefe al que respetas aunque no te apoye cuando hace falta.
Ese último caso merece decirse, porque estropea cualquier versión sentimental de este ensayo: el que enseña no tiene que portarse bien contigo para enseñarte. Solo tiene que estar donde tú puedas verlo trabajar y equivocarse donde tú puedas verlo.
El sistema humano era redundante. Cuando una vía fallaba, otra podía ocupar su lugar. Quizá por eso nunca prestamos atención a esa protección silenciosa.
La transmisión extralineal no cubre un hueco de la cadena. Viene de fuera de la cadena.
¿No había ocurrido antes?
Alguien dirá, con razón, que esto ya pasó. La escuela obligatoria, la imprenta barata y la televisión llevan dos siglos comiéndole terreno a la transmisión vertical. Nuestros abuelos aprendieron de un maestro que no era su padre y de una radio que no era de nadie conocido. Incluso entonces, detrás de los libros y de las ondas seguía habiendo una persona o una institución humana.
Sin embargo, algo ha cambiado. El maestro y el locutor tenían una biografía, unos vecinos y algo que perder. Seguían dentro del linaje, aunque no pertenecieran a nuestra familia.
También compartíamos sus mensajes. La televisión emitía lo mismo para todos y al día siguiente se discutía en el bar, en el trabajo o en casa. Ahora cada persona puede recibir una respuesta distinta, construida para ella y difícil de contrastar con una experiencia común.
Hay además una diferencia menos visible. Parte de la variación de esas respuestas depende de decisiones técnicas tomadas por quienes diseñan el sistema. La cultura siempre tuvo filtros, pero algunos de ellos se están convirtiendo en parámetros privados.
Los límites de la idea
La idea tiene límites y conviene reconocerlos.
La transmisión vertical sigue siendo dominante donde más pesa. Un niño de tres años no aprende de un sistema: aprende de quien le da de comer, y ahí no ha cambiado nada. Lo extralineal empieza a ganar espacio en el adulto que consulta, redacta, decide y razona. En la crianza temprana, en cambio, su peso sigue siendo pequeño.
La gente, además, sigue modificando lo que recibe por iniciativa propia. En estudios sobre mensajes que los usuarios copiaban y pegaban a mano en redes, alrededor de once de cada cien copias salían distintas, con un soporte que permitía la exactitud absoluta. Cambiaban cosas porque les daba la gana.
Tampoco está claro que estos sistemas reduzcan siempre la variedad. Varios estudios encuentran un efecto curioso y bien documentado: cada persona por separado produce más ideas, mientras el conjunto del grupo produce menos variedad. Otros trabajos matizan el resultado según el uso, el diseño y el grado de exposición.
Qué cambia en la evolución de las normas
Durante milenios, la supervivencia de una norma estuvo vinculada, aunque de manera imperfecta, a la suerte de la comunidad que la sostenía. El criterio era lento y era material.
El criterio que empieza a acompañarlo es estadístico. Una formulación se propaga hoy, en parte, por ser la continuación más probable de lo que ya estaba escrito. Una parte de la selección cultural empieza a desplazarse de la consecuencia hacia la frecuencia.
No sé todavía cuánto cambiará este mecanismo ni hasta dónde llegará. Pero ya afecta a la manera en que consultamos, redactamos, razonamos y tomamos decisiones. Por eso merece ser observado antes de que termine pareciéndonos normal.
Qué podríamos empezar a hacer
El diagnóstico no basta. No tengo una solución completa, pero veo al menos tres lugares por donde podríamos empezar.
Medir la variación
Existen métricas de laboratorio que calculan cuánta idea nueva aporta cada texto adicional a un conjunto. Están encerradas en artículos científicos. Podrían salir de ahí y convertirse en un indicador público y longitudinal, publicado con la misma normalidad con que se publica el IPC o el índice de calidad del aire. Hoy no tenemos una forma aceptada de saber si la variación cultural de una sociedad aumenta o disminuye. Disponemos ya de herramientas parciales para empezar a observarla, aunque todavía estamos lejos de convertirla en un indicador fiable.
Devolver las consecuencias
Si alguien transmite normas y criterios a millones de personas, debería existir un camino por el que los resultados vuelvan al emisor. La finalidad no sería sancionar, sino reconstruir un mecanismo de respuesta: el filtro que tardamos milenios en construir consistía exactamente en eso.
La máquina no puede responder moralmente. Tendrán que hacerlo las personas y las instituciones que deciden cómo se entrena, qué se prioriza, dónde se utiliza y cómo se corrigen sus efectos. El problema empieza cuando todos participan, pero nadie reconoce ser el responsable.
Conservar las diferencias
Existen bancos de semillas enterrados en el permafrost para conservar diversidad agrícola que hoy no usamos y mañana quizá haga falta. Tenemos bibliotecas y archivos, pero no un sistema creado específicamente para conservar muestras verificables de pensamiento humano anteriores o independientes de su reformulación generativa. Si dejamos de conservar las diferencias, quizá llegue un momento en que solo sepamos repetir las respuestas que funcionaron ayer.
Cierre
No sé cómo se devuelve la consecuencia a un sistema que nunca la tuvo. Sospecho que la respuesta no estará únicamente en la familia ni podrá resolverse con una regulación escrita desde arriba.
Luca repetirá alguna frase mía sin saber de dónde viene. Eso va a seguir pasando mientras haya abuelos y caídas en el parque. Lo que no sé es qué proporción de lo que ese niño acabe creyendo habrá salido de alguien que estuvo allí.
Esa generación ya está en la escuela.