Del petróleo al silicio, y de ahí a lo que ya no se puede tocar
Tommy Dean Story
Un hombre es sacado esposado de su casa en mitad de la noche. Unas horas después está en Nueva York, con sandalias de presidiario, declarándose inocente ante un juez de noventa y dos años. En la calle, miles celebran. En los despachos de Pekín y Moscú se redactan protestas que difícilmente van a convertirse en una confrontación directa.
Venezuela vuelve a estar en el centro del tablero.
Pero este no es, en realidad, un artículo sobre Venezuela. Tampoco sobre Taiwán, los semiconductores o la inteligencia artificial. Es sobre algo que atraviesa a todos ellos: el recurso que cada época considera imprescindible, la forma en que el poder intenta controlarlo y lo que ocurre cuando ese recurso deja de estar bajo nuestros pies y empieza a estar dentro de nuestras cabezas.
No cuento lo ocurrido para juzgar al hombre, al juez o a quienes celebran. Tampoco pretendo reducir Venezuela a su petróleo. La utilizo porque es una fotografía reciente de un mecanismo que llevo observando desde que era joven y creía que la tecnología terminaría liberándonos de buena parte de la historia.
No lo hizo.
La tecnología cambió muchas cosas. Lo que no cambió tanto fue nuestra manera de competir por aquello que consideramos escaso y necesario.
Lo que ha cambiado es el recurso.
I. La fotografía y lo que hay detrás
Venezuela no es la protagonista de este relato. Es un ejemplo especialmente visible hoy, pero la historia está llena de otros.
Durante siglos las potencias se expandieron buscando tierra cultivable, puertos, rutas comerciales y minerales. El oro y la plata americanos financiaron imperios europeos. El caucho convirtió territorios africanos en objetos de explotación brutal. El petróleo atravesó buena parte de la historia de Oriente Medio del último siglo. Irak, Kuwait, Irán, Arabia Saudí, Libia: cada caso fue distinto y sería absurdo explicarlos únicamente por sus recursos, pero sería igualmente ingenuo fingir que esos recursos no pesaron en las decisiones de las grandes potencias.
Venezuela pertenece a esa historia, aunque con sus propias circunstancias.
Tiene las mayores reservas probadas de petróleo del mundo y, cuando cambia su equilibrio político, no cambia solamente un gobierno. Se mueven intereses económicos, alianzas, acceso a mercados y posiciones estratégicas. Estados Unidos, China, Rusia y otros actores miran el mismo acontecimiento desde lugares muy distintos.
Nada de esto significa que el petróleo explique por sí solo lo ocurrido. Las sociedades son demasiado complejas para eso.
Lo que me interesa es otra cosa.
Durante buena parte de la historia, cuando un recurso era suficientemente importante, el poder podía imaginar su control en términos físicos. Había un territorio, una mina, un puerto, un pozo. Se podía ocupar, bloquear, proteger o conquistar.
El petróleo representa casi perfectamente ese mundo. Es negro, pesado, está enterrado y tiene una dirección en el mapa.
Si controlas el territorio, al menos puedes intentar controlar el recurso.
Pero ese modelo empieza a quedarse corto.
II. El recurso que no se puede invadir
Hay una isla en el Pacífico que ocupa una posición extraordinaria en la fabricación de los semiconductores más avanzados del planeta.
Taiwán no llegó hasta ahí porque tuviera una materia prima excepcional bajo el suelo. Durante décadas construyó algo bastante más extraño: ingenieros, proveedores, universidades, fábricas, experiencia acumulada y una cultura industrial obsesionada con hacer cada generación de chips un poco mejor que la anterior.
Eso no se construye en cuatro años.
Ni siquiera en diez.
Estados Unidos, China, Europa y otros países están invirtiendo enormes cantidades de dinero para reducir esa dependencia. Se levantan nuevas fábricas y se trasladan equipos y profesionales. Pero el proceso ha demostrado algo que a veces olvidamos cuando hablamos de tecnología: una fábrica no es solamente el edificio y las máquinas que contiene.
También son las personas que saben qué hacer cuando algo no funciona.
Son hábitos.
Experiencia.
Miles de pequeños conocimientos que probablemente nunca aparecieron en ningún manual.
Incluso cuando empresas taiwanesas han trasladado parte de su producción y de sus equipos humanos al extranjero han aparecido fricciones culturales: distintas formas de entender horarios, jerarquías, responsabilidad, velocidad o compromiso con el trabajo. No porque una cultura sea mejor que otra. Simplemente porque cuarenta años haciendo algo de una determinada manera dejan una huella que no cabe en una caja de transporte.
Ahí está una de las mutaciones que más me interesan.
El petróleo se puede invadir. El silicio, no de la misma manera.
Se puede ocupar una fábrica. Se pueden comprar las mismas máquinas. Se puede contratar a algunos de sus ingenieros.
Lo difícil es ocupar cuarenta años de conocimiento acumulado.
El valor ya no está solamente en el territorio. Una parte enorme está en la cabeza de personas concretas y en los hábitos que aprendieron de otras personas antes que ellas.
El recurso ha empezado a dejar de ser una cosa.
III. Cuando el recurso empieza a reproducirse
Pero tampoco creo que ese refugio sea definitivo.
Porque estamos utilizando esos mismos semiconductores para construir máquinas capaces de participar en la creación de la siguiente generación.
La inteligencia artificial ya interviene en el diseño de chips. La automatización y la robótica reducen progresivamente el número de personas necesarias en determinados procesos industriales. Seguirán haciendo falta seres humanos, seguramente durante mucho tiempo, pero quizá cada vez menos para producir mucho más.
Eso cambia el problema.
Hoy una parte del poder de Taiwán procede de algo que otros países no pueden reproducir fácilmente: una enorme concentración de conocimiento especializado.
¿Qué ocurre si dentro de treinta o cincuenta años una parte importante de ese conocimiento puede ser capturada, reproducida y ejecutada por máquinas?
No lo sé.
Y precisamente por eso me interesa.
Porque en ese momento ya no estaremos hablando únicamente de Taiwán.
Estaremos hablando de nosotros.
IV. La pregunta que no es sobre máquinas
Séneca escribió que no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho.
A veces me pregunto si algún día podremos decir algo parecido del conocimiento. No que haya poco, sino que llegamos a producir tanto que dejó de ser necesario poseerlo para utilizarlo.
Ya estamos viendo una versión muy primitiva de eso.
Una persona puede pedir hoy a una máquina que programe algo que ella no sabría programar, que traduzca un idioma que no conoce o que le explique una materia que nunca estudió. Todavía hay muchos errores, límites y exageraciones alrededor de todo esto. Pero la dirección parece difícil de ignorar.
Durante siglos, saber hacer algo difícil daba valor económico a quien sabía hacerlo.
¿Qué ocurre cuando saber deja de ser un requisito para hacer?
Esa pregunta me preocupa bastante más que saber qué modelo de inteligencia artificial será el mejor dentro de cinco años.
He escrito antes sobre el desempleo como una posible crisis de propósito y no solamente de ingresos. Ahora empiezo a pensar que la fractura podría ser más profunda.
Quizá no sea simplemente entre países ricos y pobres, o entre quienes tienen trabajo y quienes no.
Podría aparecer una división más extraña: personas que todavía participan en la creación, dirección y supervisión de los sistemas que producen conocimiento, y una mayoría que utiliza sus resultados sin comprender del todo cómo se producen.
O quizá tampoco ocurra así.
La historia tiene la mala costumbre de desmontar las predicciones demasiado seguras.
Pero la posibilidad existe y merece, al menos, que la miremos.
Porque una sociedad puede encontrar mecanismos para repartir ingresos. Puede reducir jornadas laborales. Puede crear nuevos trabajos. Puede incluso decidir que una parte de la riqueza producida automáticamente debe distribuirse entre todos.
Lo que resulta mucho más difícil de repartir es la sensación de ser útil.
Y todavía más difícil, la de tener un propósito.
V. De controlar recursos a controlar inteligencia
Si miramos hacia atrás, hay una dirección que me parece difícil de ignorar.
Primero controlamos territorios porque de ellos salía casi todo.
Después buscamos los minerales y la energía escondidos debajo.
Más tarde aprendimos a fabricar máquinas cuyo valor dependía cada vez menos del material del que estaban hechas y más del conocimiento necesario para construirlas.
Ahora empezamos a construir sistemas que pueden generar parte de ese conocimiento.
No sé cuál será el siguiente recurso escaso.
Quizá sea la energía necesaria para alimentar toda esa inteligencia. Quizá el acceso al cómputo. Quizá determinados datos. Durante un tiempo seguramente serán todos ellos.
Pero, a largo plazo, sospecho que el recurso realmente difícil de reproducir será otro.
El criterio.
Saber qué merece la pena hacer cuando podemos hacer casi cualquier cosa.
Elegir qué no debemos hacer.
Preguntarnos para qué.
Eso no aparece en un yacimiento y tampoco estoy seguro de que pueda reducirse a un algoritmo, por sofisticado que llegue a ser.
Carl Sagan decía que somos una manera que tiene el cosmos de conocerse a sí mismo. Siempre me ha gustado esa idea.
Lo que no imaginé cuando era joven, cuando escribía sobre Internet y pensaba que conectar a todo el mundo nos haría necesariamente más libres, era que algún día construiríamos algo capaz de participar también en ese conocimiento.
Quizá dentro de cincuenta años una máquina pueda formular preguntas mucho mejores que las nuestras.
Eso no significa necesariamente que pueda decidir cuáles merecen ser vividas.
VI. El hilo que vuelve a casa
Empecé hablando de un hombre esposado y de Venezuela.
Podría haber empezado en un pozo de petróleo de Oriente Medio, en una mina africana, en las rutas del caucho, en un cargamento de plata cruzando el Atlántico o en una fábrica de semiconductores de Taiwán.
El escenario cambia.
La pregunta humana se parece bastante.
¿Qué tenemos que los demás necesitan?
Durante mucho tiempo la respuesta estaba en la tierra. Después estuvo debajo de ella. Más tarde pasó a las fábricas y acabó entrando en nuestras cabezas.
Ahora estamos intentando enseñar a las máquinas una parte de lo que había allí.
Y quizás ese sea el punto en el que el viejo hilo de la historia empiece a romperse.
Porque si algún día las máquinas pueden producir buena parte de lo que necesitamos con una intervención humana cada vez menor, millones de personas podrían descubrir algo para lo que nuestra cultura no nos ha preparado demasiado bien:
que el mundo puede no necesitar su trabajo y, aun así, seguir necesitándolas a ellas.
Ahí está para mí la diferencia.
Durante siglos hemos confundido con facilidad ser útiles con tener valor. Era comprensible. Había que cultivar, fabricar, construir, vender, curar, enseñar. Nuestra supervivencia dependía del trabajo de los demás y la de los demás dependía del nuestro.
Quizá eso cambie.
Y si cambia, el problema no será solamente cómo repartir la riqueza que produzcan las máquinas. Tendremos que aprender algo bastante más difícil: cómo construir una vida con sentido cuando levantarse cada mañana ya no sea necesario para que el engranaje siga funcionando.
No sé si eso nos empobrecerá.
Puede que ocurra exactamente lo contrario.
Quizá, después de miles de años intentando ser necesarios, tengamos por primera vez que preguntarnos quiénes somos cuando ya no necesitamos demostrarlo.
Entonces la pregunta final cambia.
Ya no será:
¿Cómo seguimos siendo imprescindibles?
Será una pregunta bastante más incómoda, pero también más humana:
¿Para qué estamos aquí, cuando ya no necesitamos ser necesarios?
Tommy Dean Story